EL COLOMBIANO Y LAS JAPONESAS - pulidomiguel
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EL COLOMBIANO Y LAS JAPONESAS

Él, cerveza en mano, se filma junto a unas hinchas japonesas. Alegremente, ellas están dispuestas a repetir todo lo que el hombre diga. La euforia del momento y su desconocimiento del español se convierten en el terreno perfecto para que el tipo les haga decir cosas terribles, groserías de grueso calibre, que se auto-ofendan y denigren públicamente.

Su incesante sonrisa evidencia que no entendieron nada.

Pero nosotros sí.

¿Quieres conocer un elemento poderoso para generar viralidad en las redes sociales? Prueba con la indignación. Al paso de un par de horas de compartido el video, se convirtió en tendencia. Los comentarios de reprobación se contaban por miles, al punto que la cancillería colombiana tuvo que intervenir y pronunciarse frente a este hecho. Un video a la salida de un estadio se convirtió en un conflicto diplomático.

Sin embargo, si revisas los pronunciamientos de varios de los indignados tan solo unos días antes, te darás cuentas que hay una inconsistencia bastante peligrosa. En el clima político que se respiraba el fin de semana, varios de los calificativos hacia los que pensaban diferente políticamente no bajaban de madrazos, groserías de grueso calibre, denigraciones malsanamente creativas, cuestionamientos mordaces de la capacidad cognitiva del otro, caricaturas con humor negro sobre el candidato ganador y el perdedor. Nos enfurecimos porque un colombiano haya denigrado a las japonesas (lo cual es terrible), pero nos parece normal que un colombiano ofenda a otro colombiano (lo cual también es terrible). Lo primero lo denunciamos, lo segundo lo propagamos.

No creo que sea un problema de doble moral, sino de una moralidad selectiva: la usamos según nuestra conveniencia. Es terrible ofender a un ser humanos desde cualquier punto de vista, pero nos sentimos cómodos cuando nosotros somos los que ofendemos y tenemos una serie de justificaciones que (supuestamente) respaldan nuestras reacciones. “Se lo merecen”; “Es que es la única forma de tratarlos”; “Yo sólo estoy haciendo lo que ellos hacen”; “¿Por qué nos critican si es simplemente humor?”.

Hay una palabra para definir esta tendencia: incoherencia.

Sigue siendo más fácil ver la paja en el ojo ajeno.

Lo que ocurrió en Rusia es tan horrible como lo que ha ocurrido en nuestro país últimamente. Lo que hizo ese colombiano a esas japonesas es tan aberrante como lo que nos hacemos nosotros a diario. Así como denunciamos el error de ese personaje, retirémonos voluntariamente del ciclo de ofensas entre compatriotas.

Nos deberíamos indignar de la misma manera y con la misma fuerza por ambas cosas.

No deberíamos dejar de hacer aquello sin dejar de hacer esto.

Todos quisiéramos que el tipo de escenas como las de ese colombiano y las japonesas nunca se repitieran. Está bien. Esos comportamientos deberían ser extirpados. Pero entonces comencemos por nosotros mismos. No puede ser que nos quejemos de un maltrato misógino al mismo tiempo que calificamos a una conocida de “grilla”, “loba” o “perra”. ¿Nos molestan los calificativos según quien los utilice? El comportamiento indignante de ese señor salió a la luz, pero debería preocuparnos más todo aquello que no se ve, porque eso es lo que construye una sociedad con determinadas características. Si nuestro respeto a otros depende de lo que el público opine, nuestro respeto es tremendamente frágil e hipócrita.

Seamos cuidadosos con las redes sociales, que nos hacen creer que la indignación es simplemente una cuestión de moda y no una postura de vida. Todos denunciamos lo que más ruido hace, al mismo tiempo que abrazamos formas sofisticadas de denigrar al otro.

La inconsistencia no genera transformación.

Porque la indignación que hace la diferencia se basa en la coherencia.

 

©MiguelPulido

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