EL CRISTO MALDITO - pulidomiguel
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EL CRISTO MALDITO

Los gálatas creían que la salvación era por gracia, pero la santificación era por esfuerzo propios. Pensaban que la gracia era un evento, no la base de cualquier proceso. Así que consideraban que necesitaban volver al cumplimiento de la ley para que Dios les diera su visto bueno.

Sin embargo, haciendo referencia a la ley que tanto defendían, Pablo les demuestra sus incapacidades para cumplir con la absoluta bondad que demanda un Dios santo. Si uno dice “no soy perfecto, pero soy bueno”, en realidad no es bueno.

Porque la verdadera bondad no es mediocre, es absoluta.

Y el único que cumple ese estándar es Dios, no nosotros.

La mejor prueba que uno puede hacer es tratar de obedecer la ley. Si eres completamente honesto contigo mismo, más temprano que tarde te darás cuenta que no le llegas ni a los tobillos a la perfección de Dios. Su santidad nos sobrepasa. Nuestra moralidad es torcida cuando la comparamos con su rectitud. Y la cuestión es que la misma ley decía que cuando alguien no cumplía fielmente con toda la ley, era maldito (Gálatas 1:10).

Maldito.

¿Puede haber una palabra más fuerte?

No es que fueran unos corruptos egoístas, asesinos a sueldo, ladrones inconscientes, eran buenas personas, pero fallar en un punto de la ley los ponía en la condición de malditos. O sea, somos malditos. Todos. No existe ninguna persona que pueda cumplir a cabalidad con toda la ley de Dios todos los días de su vida. Incluso cuando hacemos buenas obras nuestro corazón tiende a llenarse de orgullo, vanagloria o codicia.

Si basamos la predicación del evangelio en un mejoramiento moral por nuestros propios medios, vamos a generar dos reacciones: orgullo o frustración. Orgullo porque los que tengan buena conducta en algunos puntos mirarán por encima del hombro a otros y se sentirán superiores a ellos. Estarán en constante competencia por demostrar que son mejores.

Juzgar se convierte en el lenguaje.

Pensamos que todo se trata de esforzarse más, de ser mejores personas, de ser buenos, pero como descubrimos en el camino que no lo somos, entonces nos frustramos. Así que nos alejamos o nos volvemos hipócritas. Sentimos que esto es solamente para una élite de perfectos y claudicamos o, como descubrimos que no cumplimos con los estándares, entonces maquillamos nuestra realidad para presentarnos como buenos delante de los demás.

El evangelio es nuestra declaración de bancarrota.

Pero llegó Jesús. Él tomó el lugar que nos correspondía a cada uno de nosotros, haciéndose maldito al ser colgado como un rufián en una cruz (Gálatas 1:13). El Cristo maldito. No el Mesías que simplemente guiaba al pueblo hacia la victoria, sino el que tomó una posición que no le correspondía para que nosotros tuviéramos una posición que ninguno se merecía. Jesús recibió lo que nosotros merecíamos, para que nosotros recibiéramos lo que Jesús merecía.

No creas ni por un momento que la cruz es, en principio, algo hermoso. ¡Nada más lejos de la realidad! Era el destino de los rebeldes, de los asesinos, de los parias. Nadie diría con orgullo que en su familia hubo un crucificado. Nadie pensaría que su rey finalizaría su carrera en la cruz y mucho menos que ¡era su propósito!

Un crucificado era una vergüenza para la sociedad.

Un crucificado era un olvidado por Dios.

Pero es en esa oscuridad donde se gestó el milagro más paradójico de la historia. Porque fue en esa muerte que nosotros podemos hallar vida. El lugar de maldición de Jesús es el recordatorio de nuestra bendición. Fue el Cristo maldito el que nos dio acceso al Dios bendito.

 

©MiguelPulido

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