¡QUÉ DÉBIL ES LA VIOLENCIA! - pulidomiguel
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¡QUÉ DÉBIL ES LA VIOLENCIA!

El video de poco más de 30 minutos ha conmocionado a todo un país por más de una semana. Impasibles, serios y formados frente a un pendón en medio de la selva, los guerrilleros no gesticulan mientras Iván Márquez lee aquella carta en la que comunican el retorno a las armas. Con una poesía traída de los cabellos trata de maquillar una declaración de guerra con sus inevitables daños colaterales.

No soy ingenuo, sé que la violencia nunca se ha ido. El tratado firmado con las FARC no significó el final de los asesinatos, secuestros, narcotráfico ni vandalismo. Basta con mirar los noticieros para descubrirlo. La muerte se sigue paseando sin ningún pudor entre nosotros.

Tristemente, la violencia ha sido nuestro idioma.

La rechazamos tajantemente, pero la usamos cotidianamente.

Si alguien se considera seguidor de Jesús, este contexto lo pone en una situación difícil. Cuando él fue traicionado vilmente por Judas y capturado injustamente por una turba armada, la reacción de Pedro fue sacar su espada y herir a uno de sus contrincantes. No iban a tenerla fácil para llevarse al Maestro. Si querían probar con fuerza, fuerza iban a tener. ¿Quién se deja amedrentar por los violentos? ¡Pedro no!

Sin embargo, la reacción de Jesús es sumamente inesperada:

—Guarda tu espada —le dijo Jesús—, porque los que a hierro matan, a hierro mueren. ¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles?

(Mateo 26:52-53)

Jesús anuló la violencia como una metodología válida para encontrar la justicia. Lo único que la violencia genera es más violencia, no transformación.

Algunas personas piensan que esto es una muestra de debilidad, pero es precisamente lo opuesto. El Señor tenía a su disposición todo un ejército celestial que con una orden suya acabaría de una vez por todas con las ínfulas del irrisorio mini-ejército que creía haber controlado la situación. El verdadero poder no descansa en usar la violencia, sino en negarse a hacerlo cuando la tenemos a nuestra disposición. Para ello se requiere una fuerza extraordinaria.

Resulta cobarde sostener que la guerra es la solución cuando nunca has empuñado un arma, pero es increíblemente valiente negarte a usar las armas cuando tienes un arsenal a tu disposición.

¡Qué débil es la violencia!

Escucho las teclas de algunos que, con toda razón, tienen una objeción: ¿dónde queda la justicia? Esa es la pregunta que tenemos. Y Jesús la respondió, pero de una manera inesperada: cambió nuestra concepción.

Normalmente limitamos la justicia a lo punitivo. Nos enfocamos en el castigo de un comportamiento. Los actos deben tener consecuencias. Para que una sociedad exista y subsista, los límites deben ser claros.

Sin embargo, Jesús nos introduce en una noción de la justicia como fuente de restauración. Él absorbe la violencia sobre sí mismo con el propósito de generar una transformación tanto del sistema como de los individuos que lo componen. No sólo buscó el castigo de un comportamiento sino la restauración de un ser. Se negó a que el pecado tuviera la última palabra y que la violencia siguiera siendo el lenguaje imperante del entorno.

Pero para ello tienes que hablar un idioma distinto.

Para ir contra la corriente tienes que estar en ella.

Nunca se ha tratado de abstraerse del mundo en un pacifismo ciego ni en una impunidad inmoral. La invitación que le hace Jesús a Pedro es la de detener la violencia como metodología de transformación. En realidad, no cambia nada. Sólo mantiene la venganza en circulación.

La verdadera justicia restaura lo que la violencia destituyó.

Eso sí es poderoso.

 

©MiguelPulido

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