SERVICIO AL ESTILO ANTICRISTO - pulidomiguel
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SERVICIO AL ESTILO ANTICRISTO

Sabía Jesús que el Padre había puesto todas las cosas bajo su dominio, y que había salido de Dios y a él volvía; así que se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura.

(Juan 13:3-5)

 

Probablemente, como yo, habías leído esta descripción del servicio que prestó Jesús a sus discípulos una noche antes de morir. Si provienes de un trasfondo cristiano, seguramente has escuchado una predicación, visto las ilustraciones respectivas e incluso estuviste en un culto de lavado de pies. Este tipo de contextos han dado a luz frases aparentemente inspiradoras pero peligrosamente inhumanas como “el que no vive para servir no sirve para vivir”.

Hemos hablado tanto del servicio que creemos que lo entendemos.

Pero hay momentos donde nos damos un baño de realidad.

Y, entonces, descubrimos belleza que habíamos pasado por alto.

Este escrito tiene un componente altamente confesional. Estoy abriendo mi corazón. Descubro mis falencias con la esperanza que otros no tomen el rumbo que yo he transitado y del cual estoy aprendiendo a salir, o que si lo están recorriendo se den cuenta de lo urgente que es detenerse.

Observa la primera palabra de los versículos citados. Dale. Sube y mira. ¿Cuál es? Sabía. Jesús era ciertamente consciente de que tenía la autoridad que el Padre le había dado, que era el Hijo Amado del Cielo y nada podía alterar eso. Su identidad no provenía del servicio que pudiera prestar, ¡ya estaba segura desde antes! De la misma manera, llevar a cabo la labor de un esclavo no le quitaba nada de su valor.

Porque la autoridad no depende de una función.

Porque la identidad no radica en un oficio.

Pero descubrí que para mí no era así. Yo no seguía el modelo de mi Jesús. Mi servicio era al estilo del anticristo. Había trastornado estos conceptos para ponerlos exactamente a la inversa.

Provengo de un medio donde el título “pastor” es importante, da status, otorga autoridad. Sí claro, decimos que es un servicio (y seguramente hay muchos que así lo viven), pero también nos enfrentamos constantemente a la tentación de depender de esa función para sentir que estamos haciendo la diferencia en la vida las personas.

Aunque no quería convertirme en la clase de pastor que acudíana su título para convencer a la gente, tengo que reconocer que fue una idea que se implantó en mi corazón. No, nunca me he parado a decir algo como “soy pastor y se hace lo que yo diga”, pero en el silencio de mis pensamientos descubrí cómo guardaba resentimientos cuando alguien no hacía las cosas como yo las pensaba o le aconsejaba. Sentía que retaban mi autoridad. Si soy el pastor, ¿por qué no hacen caso?

Por otro lado, noto como el ser pastor se puede convertir en mi base primaria de identidad. Es decir, soy lo que hago. Pero eso es incorrecto. Jesús prestó un servicio sabiendo que lo que era trascendía una obra específica. Siendo completamente honesto, todavía estoy aprendiendo a responder esta pregunta: Si se acabara mi pastorado, ¿qué queda de mí? ¿Quién soy más allá del “pastor Miguel”?

Es curioso cómo podemos utilizar algo tan hermoso como el servicio para que sirva como un alimentador de nuestro frágil ego. Nos encantan los pedestales y las tarimas, los escenarios y las luces, los micrófonos y las pantallas, pero nos cuesta definirnos más allá de una función. Alimentar la cultura que endiosa a los pastores y les quita algo de su humanidad no sólo es dañino, es diabólico.

En esta ocasión no tengo una enseñanza, una reflexión final, unas palabras de inspiración para cerrar, solamente tuve el deseo de abrirte una ventana a lo que soy. Y si, en el proceso, te sentiste identificado, me doy por bien servido.

 

©MiguelPulido

 

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