¿Y si dejamos de predicar la cruz?
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¿Y SI DEJAMOS DE PREDICAR LA CRUZ?

La Semana Santa acabó de pasar. Como suele suceder, dio espacio para distintas reflexiones sobre la esencia de lo que creemos como seguidores de Jesús. Pero quiero tratar de proponer algo un poco más arriesgado. Más que una aplicación práctica o el análisis de un pasaje de la vida de Jesús, quisiera responder una pregunta hipotética que me acompañó durante los días pasados.

La pregunta es esta:

¿Y si dejamos de predicar la cruz?

En otras palabras, ¿cómo se vería la iglesia si quita de su discurso esa idea central del Evangelio?

Pienso que, si eso ocurriera, una de las cosas con las que lucharíamos sería con juzgar a los demás. Los seguidores de Jesús serían más conocidos por cuestiones que condenamos en los otros que por propuestas de amor hacia nuestro mundo. Porque uno de los ejes centrales de la cruz es que equilibra nuestra visión de nosotros mismos, para que descubramos que todos somos personas necesitadas de misericordia, de gracia, de perdón, de una mirada compasiva en medio de las inconsistencias que tenemos.

Y, en ese caso, el legalismo tomaría una fuerza inaudita. Nos centraríamos en las reglas. Las personas pensarían que simplemente estamos compartiendo un sistema para que seamos mejores personas, ética y moralmente responsables. Mostraríamos nuestras capacidades como credenciales de orgullo y objetos de validación, olvidando que nuestro sentido de valor proviene de la sangre derramada en el Madero. Viviríamos con la incesante obsesión de demostrar cuán buenos somos, porque estaríamos compitiendo por ganar el amor de Dios, olvidando que ya nos ha sido otorgado sin ninguna clase de límites ni restricciones.

Si alguien cree que Dios lo puede amar más o menos de lo que ya lo ama, no cree que su amor es perfecto.

Quizás veríamos casos cada vez más recurrentes de una esquizofrenia religiosa enconada en los corazones, que trata con todas sus energías de ser justificada delante de Dios por sus propios esfuerzos, desconociendo que nuestra justicia es Jesús.

La hipocresía sería una invitada recurrente de nuestros banquetes. La honestidad sería vista con recelo, porque supondríamos que en la carrera de la vida no debería haber caídas, pecados o luchas después de un cierto tiempo de peregrinaje espiritual. Ocultaríamos todo vestigio de la naturaleza rebelde que nos acompaña, esconderíamos el daño que nos ha hecho el pecado y jamás desnudaríamos nuestra alma con sinceridad para no perder una cierta posición de reconocimiento.

Señalaríamos al que se equivoca.

Aniquilaríamos al que peca.

Tomaríamos la piedra para dilapidar a la encontrada en adulterio.

Porque nos importarían más los comportamientos que el corazón.

Y, finalmente, si hubiera momentos de coyuntura política, por ejemplo, nos la pasaríamos peleando porque pensamos de formas diferentes, percibimos el mundo de distintas maneras. Cuestionaríamos el cristianismo de otros sólo por no tener una compatibilidad ideológica con nosotros, y eso que dentro del grupo de discípulos había zelotes (guerrilleros de la época), pescadores (la clase obrera de ese entonces), recolectores de impuestos (políticos derechistas del momento), entre otros. ¿Lo más triste? Sería más importante un candidato que nos divide que el Cristo que nos une. Seríamos testigos de la tragedia que significaría darle mayor valor a un voto que a la cruz del Calvario. Seguiríamos rampantes y tranquilos por la vida sin haberle dado cumplimiento a la oración que hizo nuestro Señor una noche antes de morir: “Ruego también por lo que han de creer en mí…para que todos sean uno” (Juan 17:20-21, NVI).

La unidad siempre ha sido la mejor defensa de la fe.

 

Pero bueno, estas son sólo especulaciones…

¡Menos mal que no hemos llegado ninguno de esos puntos!

 

©MiguelPulido

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